Palabras de José Andrés Murillo, Fundación para la Confianza.

José Andrés Murillo
Presidente Fundación para la Confianza


Dentro de todas las formas de maltrato, el abuso sexual infantil es una de las más sutiles y destructivas, pues ocurre generalmente a nivel simbólico, es decir, ahí donde se teje el mundo. Ocurre en ese íntimo, frágil y misterioso lugar donde crece, o debiera crecer, la confianza.


El abuso sexual infantil es el más extraño, aberrante, vergonzante, sutil, difícil de denunciar, difícil incluso de pronunciar transgresión, pues que ataca la raíz de la cultura, y transgrede esa tácita y fundamental prohibición de dañar a los que vienen llegando al mundo. De este modo, esta agresión daña incluso la posibilidad misma de mundo. El daño a la infancia, a este nivel, menoscaba la capacidad política del ser humano, esa capacidad que Hannah Arendt llama la natalidad: el hecho de que llegan nuevos seres humanos no sólo con una nueva mirada hacia el mundo, sino constituyendo ellos, nuevos mundos para todos.


Aquellos niños y niñas que han confesado en este estudio haber sido víctimas de abuso sexual, debemos saber que se trata sólo de un porcentaje de ellos. Lo más probable es que jamás conozcamos la cifra real. Vergüenza, amenazas, inconfesabilidad, miedo, manipulación, relaciones doble-vinculantes, admiración, necesidad de cariño, dependencia, asimetrías de poder son factores que prácticamente imposibilitan levantar la voz contra el abuso mismo.


Según la mayoría de los estudios, se requiere de muchos años para que una persona sea capaz de reconocer, incluso delante de sí misma, que ha sido víctima de abuso sexual, y más aún si lo ha sido durante la infancia, cuando se está formando la capacidad para reconocer. Por esta razón algunos han llegado a hablar incluso de “secuestro de consciencia” en el abuso sexual.


En Chile y en el mundo, la realidad del abuso sexual infantil permaneció mucho tiempo oculto, perpetuándose por ese fenómeno que llamamos la Ley del Silencio, El Secreto. Es la ley que lograron imponer los agresores, pero no sólo ellos, sino también nosotros cada vez que preferimos no ver, que creemos que al no ver la realidad, al negarla, ésta desaparece. En el abuso sexual infantil sucede exactamente lo contrario: se fortalece y se perpetúa cuando se lo oculta o se lo niega.


Ante la avalancha de denuncias hoy en nuestro país, debemos preguntarnos si estaremos a la altura de la voz valerosa de tantos niños y niñas que comienzan a atreverse a ser una voz disidente ante el abuso del que ellos mismos han sido víctimas. Si el abuso sexual infantil ocurre y se perpetúa en el silencio, en el secreto, en lo oscuro, entonces, la manera de combatirlo es con la palabra valerosa, comprometida y lúcida de todos los que queremos cuidar y proteger a los niños de nuestro país.

 

El descrédito y la desconfianza generalizada
El horror ante el abuso sexual infantil nos debe hacer tomar consciencia de los dos enemigos potentes ante esta realidad: en primer lugar, está el descrédito, es decir, afirmar que los niños y sus familias inventan estas cosas, que esto se trata de una paranoia o histeria colectiva. Según un autor belga especialista en este tema, cuando los niños comienzan a relatar los abusos que han sufrido “piensan que los adultos se han puesto de acuerdo para no creerles, cuestionándolos una y otra vez, a tal punto que algunos terminan por retractarse o encerrarse en el mutismo”1. Muchas queremos que el abuso no exista, que no haya jamás ocurrido, y entonces preferimos pensar que los niños inventan, exageran, malinterpretan.


Pero el otro gran enemigo de la infancia, que crece junto a este horror, es creer que todos son posibles abusadores, instalar la desconfianza generalizada e impedir el crecimiento integrado de los niños en el mundo. Es tremendamente perjudicial para los niños y niñas de nuestro país el creer que todos los adultos son posibles abusadores y que debemos impedir el contacto con ellos, pues todos son sospechosos. Sembrar cámaras de televisión, encerrar a los niños para que nadie los toque, prohibir abrazar, dar cariño, saludar de beso, llamar de tía o tío, no es protector sino al contrario, es un factor de riesgo: niños ciegamente atemorizados son fácilmente manipulables, tienen menos capacidad para pedir ayudar, para identificar actitudes abusivas y para desarrollar capacidades afectivas lúcidas.


No podemos construir un mundo cien por ciento seguro, pero sí un mundo cien por ciento confiable. La seguridad obsesiva niega la fragilidad humana, en cambio la confianza, sobre todo la confianza lúcida, la supone y la necesita.


¿Qué nos queda, entonces? Decir a los niños y niñas de nuestro país que aunque no podamos asegurar que jamás ninguno volverá a sufrir maltrato o abuso sexual, lo que sí les aseguraremos es que si alguna vez un niño sufre un maltrato o abuso sexual, no volveremos a ser indiferentes ante su dolor. Actuaremos con prontitud, empatía y cuidado, procurando proteger, buscando la verdad, la justicia y la reparación. Porque el verdadero trauma no lo produce tanto el abuso en sí, sino la indiferencia e indolencia de la sociedad ante ese abuso.