La secuela más impactante del terremoto fue el compañerismo
A Iris Valenzuela ya casi no le quedan libros para leer, hasta terminó con la popular saga “Twilight” de Stephenie Meyer. Y es que en este “encierro” post-terremoto, al igual que varias de sus compañeras de la Residencia Protectora de la Infancia de Concepción, encontró en la lectura la mejor vía de escape luego del terremoto y posterior tsunami que azotaron su Región.
De hecho, esta joven de 18 años está ansiosa por entrar a clases. El próximo 5 abril debería iniciar su tercer año medio en el Liceo Lorenzo Arenas, uno de los pocos establecimientos educacionales de la provincia de Concepción que resultó con daños menores tras el sismo. Según la oficina regional de Educación, habría unos 129 colegios con daños de gravedad.
A Iris y sus compañeras el violento sismo las pilló en sus piezas. Se había ido a dormir luego de ver el Festival de Viña y las 20 chicas de la Residencia ya se encontraban en sus habitaciones. “Empezó a temblar, las cosas se nos vinieron encima, la escalera se movía. Incluso hubo niñas que se quedaron encerradas. A una chica gordita no sabíamos cómo sacarla, porque toma pastillas para dormir. Además había una tía de turno, que se alteró mucho. Así que las más grandes tuvimos que sacar a las niñas al patio”.
Mientras esperaban que se calmara el movimiento, algunas subieron a buscar ropa. “Se nos trancó la puerta de afuera y las más chicas colapsaron y empezaron a gritar”.
Pasadas las 4.30 de la mañana, recuerda, emprendieron rumbo al Parque Ecuador. Algunas descalzas, otras sólo con una sábana. “Estuvimos en el cerro (Caracol) desde las 5 hasta las 12 del día. Muertas de frío, sin comida y preocupadas por las niñas chicas, que eran lo que más importaba, y de las dos chicas que están embarazadas”, explica.
Cerca de las 13.30 horas, la asistente social les llevó leche, agua y luego las hizo bajar. Como no se atrevían a entrar a sus piezas, trasladaron los colchones al patio. Con el correr de los días se instalarlos en el comedor. “Pero ya lo peor pasó, creo”.
“Lo que más hemos hecho es leer y ver televisión. Desde que ocurrieron las réplicas fuertes con suerte hemos salido a la esquina y luego, a encerrarse. (Por eso) todas queremos entrar a clases, para distraernos, porque estar acá encerradas nos hace mal”, enfatiza Iris.
Y es que, a su juicio, el terremoto las impactó en todo sentido. “Abrió todos los temores que teníamos antes y que se habían cerrado: de estar solas, el miedo a la oscuridad que tienen casi todas… Cuando estamos solas pensamos que cada réplica es un terremoto y nos ponemos a llorar, queremos salir, queremos irnos, estar con nuestras familias”, dice.
Pero admite que la secuela más “impactante” del sismo fue el compañerismo. “Ese día se vio la hermandad acá, porque igual nos llevamos súper mal, pero en ese momento nos apoyamos”, confiesa. “Hasta los vecinos le preguntan a las niñas cómo están, si necesitan algo. Y eso es bueno porque antes éramos como los ogros, no nos relacionábamos con ellos, sólo con nuestro mundo”, agrega.